A finales de la década del 90 Alanis Morissette pegó fuerte. Ahora está de vuelta (aunque nunca se fue).

Hace una decena de años Morissette concertó la atención de todos con su hermosa voz, la calidad de sus letras y un sonido rockero, que a veces coqueteaba con la balada, pero nunca llegaba a ser un pop acaramelado.

Han pasado doce años desde el lanzamiento Jagged Little Pill. Y ahora, a principios de junio, Alanis ha lanzado su nuevo disco, Flavors of Entanglement.

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Y si alguien me pregunta qué contiene el disco, diré: LO DE SIEMPRE, TALENTO.

Es que a quienes escuchan la música de Morissette se les viene en seguida a la cabeza palabras como “originalidad” y “vulnerabilidad”, a la vez que “fuerza”, para describir a esta artista.

Quizá el único defecto de Alanis sea su gran virtud: su enorme voz. Luego de 9 o10 canciones uno se empieza a cansar de su registro tan agudo (en algunos temas mi perro empieza a ladrar) por más bien afinado que esté.

Algo que conserva Alanis (¡cualidad de no ser!) es el don de no ser una estrella. Hay un algo (bastante notorio) en su apariencia y en su manera de ser, que nos dice que no es una rockstar, ella es una artista (que es otra cosa).

En honor al eclecticismo propio de la cantante, Flavors of Entanglement incluye algunos toques electrónicos.

Quizá lo que menos me atrae del disco son algunos flirteos con la filosofía oriental en las letras. Ya sabemos que cuando los norteamericanos (las mujeres particularmente, que parecen tener una debilidad especial por esto) se interesan por el mundo del yin y el yang, el microcosmos y el macrocosmos, y esas cosas, lo hacen de una manera bastante superficial, y de tal forma que logran espantarnos a todos. Pero claro, aquí se trata de Morissette, se trata de una verdadera artista, y la frase: “Tú debes ser el cambio que quieres ver en el mundo” no está mal.